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EL TE ESTA LLAMANDO

La vocación es una elección gratuita: «Antes que fueses formado, en el seno materno, yo te conocí; antes que salieses del seno de tu madre, yo te consagré y te hice profeta» (Jr 1,5). La misma «confesión» hace Isaías (cf. Is 49,1) y Pablo (cf. Gál 1,15-16). «Dios nos ha amado primero» (1 Jn 4,10), por eso la llamada, fruto del amor del Señor hacia el llamado, no se basa en los propios méritos, es un don gratuito. Jesús pasa, ama y llama a los que él quiere (cf. Mc 3,13), cuando él quiere y como él quiere, «no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su propósito y de la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos eternos» (2 Tm 1,9).

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La elección por parte de Jesús es libre, depende únicamente de su voluntad; no se tienen en cuenta la capacidad del llamado, ni sus intereses e intenciones y ni siquiera su decisión. Todo es gracia. Pablo tendrá clara conciencia de ello cuando, haciendo «memoria» de su vocación, afirmará que ha sido llamado por pura gracia de aquel que le separó desde el seno de su madre (cf. Gál 1,15). El discípulo es amado y, porque es amado, es también llamado, cada uno desde su situación concreta y a su manera, a estar con Jesús (cf. Mc 3,13), a seguirle (cf. Mc 1,17), a estar donde está él (cf. Jn 12,26).

La llamada coloca al discípulo al servicio de los demás. Cuando uno es llamado, no lo es simplemente para alcanzar una perfección individual. El discípulo es llamado para utilidad pública: «Habéis recibido gratis, gratis habéis de dar» (Mt 10,8). Tampoco «se enciende una lámpara para ponerla debajo de la cama, sino para que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5,15). Y es que «yo os he destinado –dice el Señor– para que vayáis y deis fruto...» (Jn 15,16). La llamada no está en función de la creación de una categoría de privilegiados, sino que está hecha con vistas a un servicio que hay que prestar a todos. Si puede hablarse de algún privilegio del discípulo, es sólo el privilegio de ponerse al servicio de los demás, el privilegio de lavarles los pies. El discípulo, como el sumo sacerdote del Antiguo Testamento, «es tomado de entre los hombres, en favor de los hombres» (Hb 5,1). Es sacado fuera para ser restituido inmediatamente a los demás. Porque pertenece al Señor, al igual que Él, el discípulo está para servir a los demás.

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